Acto de la C.G.T. contra el fascismo.

Acto realizado en el cine Moderno de Boedo (capital federal) el 23 de julio de 1933. Los principales oradores fueron Angel Borlenghi, por el socialismo y Sebastián Marotta, por el sindicalismo.

La CGT efectuó un acto público contra el fascismo

Borlenghi:

¿Qué nos importa a nosotros que haya tranquilidad en Italia si ello se hace porque se prohíbe propagar ideas de renovación que el mundo necesita? ¿Quiénes se benefician de esa tranquilidad? Únicamente los que tienen privilegios que defender. ¿Quién nos puede discutir que la sociedad capitalista es incapaz de solucionar los problemas que ella misma ha creado? ¿No vemos todos los días que fracasan las conferencias internacionales ya sean de desarme como de temas económicos? ¿Qué puede hacer el capitalismo para remediar la situación actual si su propio egoísmo no le permite aceptar las soluciones que los trabajadores les proponemos? ¿No hemos visto que no atinan a reducir la desocupación y sin embrago rechazan la disminución de las horas de trabajo? Es natural que este estado del mundo provoque el deseo de mejoramiento en las masas populares y esto, que es lo único que advierten con claridad los capitalistas, les alarma en tal forma que los induce a la violencia, creyendo que cuanto más fuerte pegan más larga será su precaria vida social.

Por eso desean el fascismo, que tiene como consecuencia inmediata la privación de todas las libertades, sin las cuales el proletariado no puede desarrollar sus actividades.

El peligro para las organizaciones obreras es doble, porque no sólo se las destruye con la violencia, sino con la diplomacia. Un sindicato que posea un espíritu demasiado corporativo, y al que se le conceden las mejoras inmediatas que reclama, puede llegar a considerar que el fascismo es uno de los tantos sistemas de gobierno burgués que tiene la ventaja de acceder a ciertas reclamaciones obreras con más rapidez y decisión que los gobiernos democráticos. El sindicato que eso hiciera habría olvidado que su deber no es el de mendicante de limosnas para sus integrantes, sino el de luchar por las mejoras inmediatas y capacitar a los trabajadores para desempeñar el rol de dirigentes de la sociedad futura.

El fascismo no puede ser una solución prolongada ni siquiera dentro de la sociedad capitalista, porque niega la personalidad humana, con lo que se coloca contra la naturaleza. No hay nada más importante que el hombre; nadie ni nada puede anular definitivamente la voluntad del hombre, que es la que hace la historia. Anular por la fuerza el pensamiento humano es cosa de locos, porque si eso fuera posible abríase demostrado que la raza está en decadencia y tendería a desaparecer. Es decir, que si el fascismo pudiera vencer el pensamiento redentor de la clase obrera la humanidad habría declinado tanto que no se diferenciaría de los otros seres irracionales.

Marotta:

Inició su exposición Marotta diciendo que no era posible cerrar los ojos a la evidencia ni ignorar la tremenda realidad que plantea a la clase obrera la situación actual, en la que está en juego la libertad. Pero esto no debe ser motivo para que olvidemos, ante un problema como el que nos plantea el fascismo, nuestra posición como clase obrera. Señaló que en presencia de este fenómeno social, no sólo los trabajadores, sino también sectores de la burguesía demoliberal, aparecían como sus enemigos. Esto mismo, agregó, debe servirnos de índice para caracterizar bien nuestra posición.

Se ha dicho por diarios que representan la tendencia liberal de la burguesía, que la C.G.T. realizaría hoy un acto de reafirmación democrática. La clase obrera, que según Marx, es la única fuerza revolucionaria en la sociedad capitalista, no puede erigirse de la defensora de un régimen político que representa los intereses económicos de la clase capitalista. La democracia, de acuerdo con la premisa sentada por aquél, es el Estado capitalista, contra el cual viene luchando el proletariado desde su constitución como clase, y no su aspiración revolucionaria.

La democracia que instituye la ficción del ciudadano como fuente suprema de la soberanía de los pueblos y consagra los derechos del hombre, se inicia en Francia, con las leyes de marzo y junio de 1791: esta última llamada de Chapelier, por las cuales quedan suprimidas todas las organizaciones interpuestas entre el individuo y el Estado por considerarlas un peligro para éste. Casi un siglo necesita la clase obrera de esfuerzos y luchas, épicas algunas veces, para obtener que la democracia sancione la ley llamada de sindicatos, reconociéndole finalmente el derecho a la existencia que quiso negarle la ley dictada por la constituyente.

La democracia pretende negar las fuerzas antitéticas que se desarrollan en la sociedad capitalista y en nombre de un mito —el ciudadano— imponer el Estado como suprema realización.

El fascismo, aun cuando intente aparecer como un movimiento revolucionario, es el realizador de algunos postulados que tuvo la democracia, tales como son los que fluyen de su doctrina estatal. Negándole la representación a la figura alegórica del ciudadano, pretende concederla al grupo corporativo, al ente según su función social, pero supeditado a la dirección del partido y, sobre todos, a la nueva deidad que él ha instituido bajo la definición de Nación-Estado. No habiendo logrado la democracia impedir el desarrollo de las fuerzas revolucionarias del proletariado, como son los sindicatos, ha encontrado en el fascismo su mejor agente para realizar su objetivo de domesticación y sometimiento, cuando pretende hacer de éstos, un instrumento del Estado y no un movimiento con fisonomía propia, espontáneo y voluntario de la clase trabajadora.

El movimiento sindical es contrario al fascismo, no porque éste sea enemigo de la ilusoria democracia política, sino en cuanto constituye la negación de su libertad y destruye la independencia y autonomía de la clase obrera para que sea la gestora de sus propios destinos. La burguesía liberal es antifascista porque quiere conservar las instituciones actuales, y la organización sindical está en contra del fascismo porque ve en él un obstáculo al desarrollo de sus fuerzas revolucionarias. Conviene, pues, caracterizar bien ambos movimientos y definir su naturaleza.

Marotta niega originalidad al fascismo, aun cuando éste pretende negar al ciudadano. Ha necesitado tomar de concepciones socialistas ideas fundamentales para elaborar su doctrina del hombre corporativo y, como es natural, bastardearlas, como ha desnaturalizado también la función sindical al quitarle su carácter específico de movimiento autónomo de la clase obrera.

Se refiere a la pretensión de los doctrinarios del fascismo, cuando afirman que es éste un movimiento de exaltación de los valores espirituales en oposición al marxismo y al materialismo, y establece un parangón entre esta declaración y la otra que hacen éstos mismos, cuando para condenar a la demagogia de los demócratas, citan la ley del salario mínimo, demostrando con ello preocupaciones tan prosaicas y tan groseramente materiales. Recuerda un pensamiento de Bakunin perfectamente aplicable a este caso, por el cual resulta siempre que los más groseros materialistas son siempre aquellos que parten de un principio idealista, sea éste religioso o filosófico.

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Fuente: Roberto Reinoso. El periódico “C.G.T.” (1932-1937), Buenos Aires: CEAL, 1983, pp. 58-66.

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