Declaración de la CGT – Catamarca (28/12/1935)

El 12 de diciembre había sido ocupada la sede de la CGT, en avenida Independencia, por un grupo de dirigentes sindicales afines a las posiciones del Partido Socialista. La Junta Ejecutiva desplazada repudia este hecho y se instala en el local de la federación de telefónicos, en la calle Catamarca.

Hasta ahora, en el movimiento obrero, las prácticas que se usaban para la expresión del pensamiento de sus componentes, eran las que aconsejaban los procedimientos regulares, conocidos por su carácter orgánico, como los únicos posibles para el entendimiento. Las asambleas sindicales, las reuniones de sus cuerpos administrativos o directivos, los congresos de las Uniones, Federaciones o Confederaciones, en los que los delegados de los sindicatos reuníanse para encarar y resolver los problemas que interesan a la comunidad obrera, eran el sistema ideal. En las asambleas y congresos intervenían los trabajadores directamente o por delegación, como actores de su movimiento y gestores de sus intereses. A veces, cuando aquellas reglas no eran suficientes, empleábase el sistema del voto general o el referéndum, a fin de que la soberanía de los trabajadores pudiera tener la máxima garantía.

Pero esta práctica, universalmente consagrada para hacer viable la convivencia de los hombres que han de actuar en común, porque comunes son los intereses que los reúnen, parece que ya no es la más apropiada. El pronunciamiento usado por ciertos generales sudamericanos, la confabulación, el golpe de mano hitlerista, el asalto realizado al amparo de las sombras de la noche, serán también en lo sucesivo procedimientos que se utilizarán cuando los cuerpos dirigentes de los organismos obreros, en defensa de los intereses de éstos, tengan la osadía de negarse a servir los espurios intereses de grupos políticos que están siempre en acecho para dar el zarpazo a los sindicatos constituidos por trabajadores que luchan para la realización de un ideal superior. Esa práctica, que condenan todos los hombres libres, dignos, con sentimientos de independencia y por tanto respetuosos de los derechos colectivos, ha sido trasladada ahora a los medios sindicales. Débese la introducción de tan pernicioso como funesto sistema a las ansias incontenibles de un grupo de hombres que desde hace años actúa facciosamente, al que se le conoce con el nombre de la Comisión Socialista de Información Gremial. Esta facción venía realizando extraordinarios esfuerzos para apoderarse de la dirección de la C.G.T. y someterla a su hegemonía y ambición, aunque con esto se contrariaría la voluntad de muchos compañeros que participan en el movimiento obrero con altos y nobles propósitos. La obra de zapa, la insinuación calumniosa, la mentira sutil, urdida subrepticiamente contra los militantes que no respondían a tales inspiraciones sectarias, no habían logrado aún el efecto deseado, y era el caso de adoptar el sistema que tanto éxito dio al nazismo en Alemania.

La C.G.T. debía realizar en marzo próximo el congreso en que sería considerado el estatuto. Sabíase que a pesar de las intrigas urdidas por la funesta Comisión Socialista de Información Gremial, a base de infamias y difamaciones contra todo aquel que resistía su morbosa influencia, la enorme mayoría de los sindicatos confederados habíase pronunciado por el proyecto de estatuto elaborado por el Comité Confederal. En él ratificábase la posición que por las bases de unidad tiene adoptada la C.G.T. frente a los partidos políticos; se disponía que la única forma de asegurar la independencia del movimiento sindical era exigiendo a los partidos políticos que no se entrometiesen en la vida de los sindicatos, en justa reciprocidad a la actitud de éstos con aquéllos; estatuíase que con el fin de asegurar la independencia de la C.G.T. frente a los partidos, como asimismo para que no pudiera aparecer en ningún momento como marchando a su remolque, o sirviendo sus intereses políticos, debía establecerse que existía incompatibilidad entre el mandato político (diputados, senadores, etc.) y las funciones de miembro del Comité Confederal; disponíase, igualmente, que para ser miembro del Comité Confederal era preciso ser obrero en ejercicio de su profesión, excluyéndose de esta necesidad y utilísima restricción a los que por ejercer un cargo representativo en su sindicato, habían sido retirados del taller o la oficina; no se aceptaba que en la C.G.T. pudieran formar otras personas que no fueran asalariados.

Contra esas disposiciones estaba la Comisión Socialista de Información Gremial. Esta no podía aceptar que sus agentes en el movimiento obrero se vieran privados de la realización de sus ambiciones de ejercer simultáneamente un cargo representativo en la central de los trabajadores del país y a la vez un mandato político. Era menester que aparecieran como respaldados en una poderosa central obrera.

La inminencia del congreso confederal donde todos esos sueños iban a ser desvanecidos, porque la voluntad de los trabajadores organizados en la C.G.T. era adversa a esas confusiones, había suscitado en aquel medio sectario grande y extraordinaria alarma. Era necesario, pues, frustrar el congreso, o, si esto no fuera posible porque la maniobra es demasiado burda, buscar la manera de desconocer los acuerdos que a su respecto adoptaran los sindicatos. Primero ensayóse, por conducto de los instrumentos del citado grupo faccioso en el seno del Comité Confederal, dificultar que fuera realizado el congreso en la fecha que la Junta Ejecutiva había señalado: la segunda quincena del próximo mes de febrero. José Domenech, presidente de la Unión Ferroviaria, intentó poner las primeras piedras a la convocatoria. Adujo que el mes de febrero era demasiado próximo porque la Unión Ferroviaria no tendría tiempo de elegir los delegados. A regañadientes, sin embargo, y tras instancias de los demás miembros del Comité Confederal, que transaron en aceptar una breve prórroga, aceptó finalmente la segunda quincena de marzo, sin renunciar, desde luego, a su propósito de que esa fecha sufriera una nueva prórroga si, previo cambio de opinión con los “funcionarios” de la Unión Ferroviaria, comprobara que esta fecha era demasiado inmediata para designar delegados. Es necesario destacar que fue por subterfugios del presidente Domenech, que el congreso no se realizó en octubre de 1934, como oportunamente fuera anunciado.

Cuando la Comisión Socialista de Información Gremial advirtió que el congreso confederal estaba en puertas, puso en movimiento sus huestes. Tendió los hilos de su conspiración, comprometiendo en el sigiloso asalto de tipo hitlerista a la C.G.T. a figuras en las cuales los cuerpos directivos de la organización había depositado su entera fe y confianza. Tal es el caso desgraciado de Luis Cerutti, que aparece en la ridícula “chirinada” de la noche del 12 de diciembre actuando de entregador, traicionando al cuerpo que en mala hora lo eligió secretario confederal. Este suceso descubre en toda su vileza a este felón, cuyo nombre ha de quedar grabado en la mente de los trabajadores.

Había que frustrar, decimos, el congreso confederal, o reducir el alcance de sus resoluciones, y para lograr este objetivo cualquier medio sería bueno.

Posteriormente a conciliábulos realizados en locales de la Comisión Socialista de Información Gremial sus secuaces reúnense con todo sigilo en la sede de La Fraternidad. Estos héroes de opereta, cuando estuvieron seguros de que en la C.G.T. sus autoridades legítimas estaban ausentes, de que por ser horas avanzadas de la noche no había persona alguna, dirígense valientemente en caravana automovilística a la secretaría confederal, y en un acto propio de sainete, por lo grotesco, acuerdan destituir los cuerpos regulares de la central, que ejercía un mandato que le confiriera el voto general de los sindicatos, nombran una presunta junta provisional, ratifican en el puesto de secretario a Luis Cerutti en pago de su traición, acuerdan clausurar la sede confederal y fijan, finalmente, la sede de la Unión Tranviarios como campo de operaciones para el desempeño transitorio de su “gobierno de facto”.

No hay ni heroísmo ni valentía, como se ve, en estos asaltantes vulgares y usurpadores de un cargo para el que nadie, fuera de la comisión facciosa tantas veces citada, le confiriera. Es un acto inusitado, sin precedentes en la historia obrera argentina, del cual han de ser muy pronto los primeros en arrepentirse. Tan carentes son de las cualidades morales de valentía que se requieren para empresas semejantes, que al día siguiente de realizarla, temerosos de un contraataque que supondrían llevarían a cabo los cuerpos dirigentes de la C.G.T. tan ridículamente “depuestos”, corrieron presurosos a la policía con objeto de que le prestara su fuerza para defenderlos.

Los ejecutores de esta asonada, desconocida hasta ahora en las prácticas sindicales, son, además del ex secretario Luis Cerutti, José Domenech, presidente de la Unión Ferroviaria, y los miembros de la Comisión Directiva Luis González, José Canzobre, Paulo Caruso y Relmo B. Luna. Estos ciudadanos han traicionado a la Unión Ferroviaria —que estamos seguros los contendrá— para cumplir un mandato de la Comisión Socialista de Información Gremial consistente en hacer mangas y capirotes del acuerdo del último congreso del poderoso sindicato de los trabajadores del riel, en el que éste había sancionado la línea que debía seguir la central en materia de partidos políticos. Junto con ellos está Francisco Alí, Mariano Cianciardo, Francisco Agnelli, Ernesto Moniers, José Arce, de La Fraternidad, y el director de la revista de esta organización, el abogado José Manganiello; Ángel G. Borlenghi, José Argaña, Vicente De Césare y Luis Amodio, de la Confederación General de Empleados de Comercio; Isaac Pérez, Enrique Porto y Ricardo Gonzáles, de la Unión Tranviarios; José V. Tesorieri y Delfín R. Tato, de la Asociación Trabajadores del Estado; Juan Brennan, N. Ugazio, Andrés Guerra, Rafael Saraceni, Juan Cresta y Pedro R. Otero, de la Unión de Obreros Municipales.

Para caracterizar la índole facciosa de este grupo de usurpadores de la soberanía obrera, que cargan con la triste gloria de introducir en el movimiento sindical argentino un sistema implantado con prioridad por el hitlerismo en el movimiento obrero alemán, ahí está, junto con el autor de la tristemente célebre circular número 4 de la Comisión Socialista de Información Gremial —el ciudadano Luis Amodio, fracasado en el campo de las operaciones comerciales del capitalismo— el diputado socialista Francisco Pérez Leirós.

Por la crónica de este desgraciado suceso, dada con gran regocijo por el diario La Vanguardia, que inicia, repetimos, en el movimiento obrero una práctica funesta, introduce un nuevo factor de perturbación y de relajamiento para la unidad obrera, el presidente de la Unión Ferroviaria, ciudadano José Domenech, aparece como su figura principal. Los trabajadores ferroviarios, por el insulto de que se les ha hecho objeto y el cercenamiento de su soberanía que este acto implica, serán los únicos jueces que han de juzgarlo. Pero sobre todos ellos, ha de pronunciarse la conciencia de todos los trabajadores. Los ferroviarios han sido los gestores principales de la unidad de los trabajadores argentinos, coincidiendo en sus propósitos unionistas con otros núcleos importantes de obreros organizados, y no han de permitir que la C.G.T., producto de tantos esfuerzos, pueda ser quebrada porque así convenga a los intereses subalternos e inconfesables de un grupo de politiqueros que quiere hacer del movimiento obrero un apéndice de fuerzas externas a su medio.

Los pretextos aducidos por el presidente de la Unión Ferroviaria José Domenech para justificar el insólito atentado a la soberanía de toda la clase obrera organizada en la central, no pueden ser más deleznables. Es una razón efectiva detrás de la cual ocúltase un fin político con el que está identificado la mayoría de la Comisión Directiva, contraria al interés de los obreros ferroviarios y de la clase trabajadora en general.

Se ha pretendido que la “chirinada” débese a un acuerdo de la Junta Ejecutiva de la C.G.T. contrario a otro adoptado por la mayoría de la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria. Vemos qué es lo que ha ocurrido. Contrariando los principios en que asentó sus bases la C.G.T., llevándose por delante todos los precedentes sentados por el Comité Confederal en sucesivas resoluciones, la mayoría de la Comisión Directiva, arrogándose facultades que sólo son de los trabajadores en general, pretendió desplazar del Comité Confederal a algunos miembros, aduciendo, para tal avasallamiento, que aquéllos habían dejado de pertenecer a la Comisión Directiva y por tanto no podrán continuar siendo miembros del Comité Confederal. Extraña doctrina que no tenía justificación alguna, por cuanto en ningún momento entendióse que para ser miembro del cuerpo directivo de la Central era forzoso pertenecer a la Comisión directiva de un sindicato. Decimos extraña doctrina, porque jamás la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria, impugnó la presencia de Luis Cerutti en el Comité Confederal, quien para desgracia y vergüenza del movimiento obrero del país hasta llegó a tener la confianza inmerecida de ocupar el cargo de secretario. Luis Cerutti no perteneció en ningún momento a la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria, y sin embrago formó parte del Comité Confederal desde el momento mismo en que quedó constituida la C.G.T.

De acuerdo a lo que establecen las bases de unidad, para ser miembro del Comité Confederal el único requisito que se exige es el de ser obrero en ejercicio de su profesión, para lo cual el voto general o el referéndum entre todos los sindicatos es el procedimiento que se usa para elegirlo o destituirlo. Dentro de esa doctrina, rechazó el Comité Confederal que pudiera tomar parte del mismo el diputado Francisco Pérez Leirós, uno de los autores del atentado contra la C.G.T., que desde hace casi veinte años ha dejado de ser obrero en ejercicio de su profesión; defendió, asimismo, que los miembros del Comité no representaban en su seno al sindicato del que forman parte, sino al conjunto de los sindicatos y, conforme siempre a las bases de unidad, que el mandato terminaba después del congreso, al cual debía rendir cuentas de sus actos.

Esta doctrina fue aceptada por el actual presidente de la Unión Ferroviaria José Domenech, en su calidad de miembro del Comité Confederal, suscribiendo todos los acuerdos adoptados cada vez que fuera planteado un caso de interpretación de las bases. Idéntica conducta siguió Luis Cerutti, quien recientemente suscribió una nota dirigida a la Asociación Trabajadores del Estado sosteniendo que no era facultad de un sindicato remover los miembros del Comité Confederal, como en otra oportunidad hizo lo mismo con el Sindicato de Obreros Sastres, a quien le negaba, con razón, el derecho de sustituir al miembro del sindicato que había dejado de pertenecer al cuerpo confederal.

Conforme a los principios básicos de la C.G.T., abundantemente señalados y toda la jurisprudencia sancionada por el Comité Confederal, la Junta Ejecutiva, en presencia de la insólita resolución de la mayoría de la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria, rechazó, como era su deber, su acuerdo. Solicitóle lo reviera, antes de llevar la cuestión planteada al Comité Confederal, quien en última instancia definiría el entredicho. Aceptar por la Junta Ejecutiva el atropello que ensayaba la mayoría de la Comisión Directiva contra la C.G.T. hubiera significado complicarse en la realización de un propósito destinado a trastocar los fundamentos mismos de la C.G.T.

Tales fueron los hechos ocurridos. A consecuencia de que la Junta Ejecutiva velara por los fueros de la central obrera y no se sometiera a la prepotencia de la mayoría de la Comisión Directiva, ésta, reunida el día 11 del actual, por sí y ante sí, sin que mediara sanción de las secciones y de un congreso, dando prueba una vez más de su ensoberbecimiento y espíritu prepotente, resolvió suspender las cotizaciones a la C.G.T., para que al día siguiente su presidente Domenech, en connivencia con los otros complotados, ejecutase la triste escena que dejamos puntualizada.

En el grotesco y pedestre documento producido por los que se arrogaron facultades extrañas a las decisiones sindicales, como en el discurso pronunciado por el ciudadano Domenech en la reunión facciosa realizada en la sede confederal, se ocultan estas razones o se las desnaturaliza para impresionar y confundir a los trabajadores confederados.

La Junta Ejecutiva se limitó a rechazar, como se ve, una tentativa de avasallamiento a la soberanía de los sindicatos, tanto más condenable cuando ella fue ejecutada contra toda disposición estatutaria y a espaldas de los propios trabajadores ferroviarios.

Se adujo, además, como razón para deponer a los cuerpos regulares que rigen los destinos de la C.G.T. que la Junta Ejecutiva había organizado giras de propaganda por el interior del país. ¿Es esto acaso un delito? El Comité Confederal, en reiteradas oportunidades, dispuso que ellas fueran realizadas y los sindicatos del interior las reclamaban insistentemente. Sin no fueron realizadas ahora, motivos tuvo para ello. ¿Que se iba a presionar a las secciones ferroviarias? ¿Es que no había definido éstas su posición en el congreso confederal? El congreso de la Unión Ferroviaria, precedentemente citado, fijó a sus delegados la orientación que debían seguir en el congreso de la C.G.T. y les dio, además, un mandato imperativo. Ninguna presión podían ejercer los propagandistas de la C.G.T., como se pretende, a personas que tenían obligaciones que cumplir, señaladas en forma precisa y categórica por su asamblea anual.

El Comité Confederal, en presencia de los dolorosos sucesos reseñados, en su reunión extraordinaria celebrada en el local de la Federación Obreros y Empleados Telefónicos, el día 17 de diciembre, luego de considerar el informe dado por la Junta Ejecutiva sobre los antecedentes de los repudiables acontecimientos que se reseñan, que avergüenzan a sus ejecutores, resuelve:

1°. Aprobar lo actuado por la Junta Ejecutiva y la declaración formulada en su sesión extraordinaria del 13 del corriente mes.

2°. Denunciar que la ridícula asonada llevada a cabo contra la sede de la C.G.T. por las personas cuyos nombres se consignan en esta declaración, sólo responde a un plan organizado por la Comisión Socialista de Información Gremial, con la complicidad de algunos asociados a sindicatos confederados que cumplen en el seno de éstos los mandatos de aquélla para subordinar a la dirección de un grupo extraño la organización de la clase obrera del país.  

3°. Que la mejor comprobación de esta afirmación acusatoria ofrécela la filiación política de la casi totalidad de los ejecutores de esta burda tentativa.

4°. Que como fluye de la declaración misma dada a publicidad por los responsables del grave y sorpresivo atropello a la unidad de la clase obrera, es su propósito utilizar el movimiento obrero para fines ajenos a su naturaleza, a cuyo efecto habría de ser éste el elemento de choque, o mejor dicho, la carne de cañón en los planes políticos, para luego, con el sacrificio de las vidas obreras en empresas de las que nada han de beneficiarse los trabajadores, tener los factores políticos que auspiciaron el asalto a la central la bandera que necesitan para sus menesteres electorales.

5°. Que confirma esta afirmación el propósito de los “insurgentes” de “mantener solamente y mediante cualquier sacrificio, la neutralidad político electoral”, vale decir, que el movimiento obrero no ha de competir con los partidos en el terreno electoral, misión que sólo es de incumbencia de aquéllos, pero sí deberá servirles en todas aquellas acciones políticas no electorales, en las que actuará como comparsa en las decisiones pero como vanguardia en las batallas en que habrán de jugarse la vida de los trabajadores.

6°. Que una prueba más de la finalidad que se persigue es el ensayo de ridiculización de la posición autónoma e independiente que ha venido cumpliendo la C.G.T. y que ratifica ampliamente el estatuto confederal, cuya sanción por el congreso se pretende frustrar, y las insidias que en tan infeliz documento se insinúan para la mayoría del Comité Confederal, que en todas las ocasiones se opuso llevar al sacrificio a los trabajadores para fines que les son propios.

7°. Que los obreros confederados deben tener en cuenta esta denuncia, que formula el Comité Confederal sin ambages, si quieren salvar el movimiento obrero del peligro que lo amenaza y liberarlo de los buitres que revolotean a su alrededor y, al propio tiempo, defender la unidad obrera que la C.G.T. en razón de su carácter de organización desvinculada de partidos políticos, había logrado realizar a pesar de los obstáculos que le opusieron no pocos de los participantes del acto de corte nazista llevado a cabo contra la central en la noche de triste recordación.

8°. Declara que es su propósito trabajar incesantemente por salvar del naufragio la unidad de los trabajadores, por la que han venido laborando sus miembros sin vacilaciones ni desmayos, y afirmar que ésta sólo es posible mediante el respeto a las decisiones de los organismos regulares de la organización sindical, con el ejercicio de la democracia y soberanía sindicales, con la posición independiente del movimiento obrero frente a los partidos, con el repudio categórico, expreso de los grupos facciosos que lo subvierten, y con la condenación franca y enérgica de este sistema de pronunciamientos o malones, inaugurado el 12 de diciembre contra la C.G.T. Considera, por otra parte, que la legalización de este procedimiento condenable o el aplauso entusiasta que se insinúa en algunos medios obreros, será de graves consecuencias para el movimiento obrero argentino, pues abrirá una era de subversión en las prácticas orgánicas hasta ahora respetadas, justificará futuras asonadas semejantes, originarias de desgarradoras luchas fratricidas entre los trabajadores, de las que será único y exclusivo beneficiario el capitalismo.

9°. Afirma, asimismo, que la concepción de una idea semejante, sólo cabe en una mente al servicio de la clase capitalista, o en quienes, por tener culpas de orden moral sobre su conciencia, apelan a estos procedimientos para sustraerse a las sanciones colectivas. Son, por tanto, traidores a la clase obrera los que se atreven a perturbar con estas asonadas la armonía y unidad entre los trabajadores.

10°. Al proponerse defender la independencia y unidad de la C.G.T. y comprometerse todos sus miembros llegar a los últimos extremos para restablecer el orden alterado en las filas confederales, después de rechazar la imputación calumniosa que el documento de los asaltantes contiene contra dos miembros del Comité Confederal, a quienes insidiosamente se pretende hacer aparecer como usufructuando puestos públicos, cuando uno, el camarada Silvetti, desempeña en no de los talleres de obras públicas su oficio de tupista, y el otro, el compañero Cabona, ocupa un puesto de peón en Yacimientos Petrolíferos Fiscales, con un salario diario de $6,40, el cuerpo llama la atención de todos los trabajadores para que se prevengan contra el sistema de calumnias con que inician sus actividades los repudiables factores que acaban de perturbar en sus cimientos la vida misma de la C.G.T.

11°. Por último, expresa conmovido su satisfacción por el gesto de la Federación Obreros y Empleados Telefónicos, que ofreció desde el primer momento su sede para que funcionara la C.G.T. y luego puso a disposición del Comité Confederal todos sus fondos sociales. Destaca este hecho emocionante por el contraste que ofrece y su profunda significación moral, que debe ser tenido especialmente en cuenta por la clase obrera del país. Para que los camaradas aprecien el alcance de esta medida solidaria, que llega a lo más hondo del alma obrera, basta tener en cuenta que los fondos sociales de la Federación Obreros y Empleados Telefónicos sobrepasan la respetable cantidad de 60.000 pesos.

El Comité Confederal considera, sin embargo, que no ha de necesitar, sino en una mínima proporción, la generosa ayuda ofrecida, que enaltece a sus autores.

Inspirados en este alto ejemplo, destinado a salvar la unidad de la clase obrera argentina, todos los sindicatos confederados, sin excepción alguna, han de rodear a la Confederación General del Trabajo.

Camaradas: la unidad e independencia de la C.G.T. frente a los partidos políticos es un todo indivisible. No puede haber unidad obrera donde hay subordinación a fuerzas extrañas o los sindicatos son apéndices de partidos políticos. Salvemos nuestra organización, producto de tantos afanes generosos, y afiancemos la independencia sindical en peligro. La C.G.T. realiza una política propia, la de la clase obrera organizada en los sindicatos, de vastas proyecciones sociales y de honda significación histórica. Hagamos, pues, cuanto sea menester para que ella sea la dueña de sus destinos y no comparsa de grupos exteriores a la clase obrera sindicalmente organizada.

¡Viva la unidad obrera!

¡Viva la independencia del movimiento sindical!

Antonio Tramonti (obrero ferroviario), Alejandro Silvetti (obrero del Estado), José Negri (obrero ferroviario), Antonio Melani (obrero ferroviario), Antonio Aguilar (obrero marítimo), Andrés Cabona (obrero del Estado), Luis M. Rodríguez (empleado ferroviario), José Milani (obrero en calzado), Sebastián Marotta (obrero linotipista), Elías Álvarez (obrero ferroviario), José Cabrera (obrero telefónico), Manuel Caamaño (obrero ferroviario), Pedro B. Cardoso (empleado ferroviario), José García (obrero en calzado), José Evar García (obrero de la Comuna), Serafín Grosso (obrero del Estado), Luis F. Gay (obrero telefónico), Leandro Mornado (capitán de ultramar), Nicolás Recchi (obrero ferroviario), Facundo Reynalds (obrero ferroviario), Máximo Suárez (obrero cocinero).

 

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