Editorial de La Vanguardia (5/6/1943)

Editorial publicado en La Vanguardia n° 13.091, 5 de junio de 1943, p.1

SOBRE EL MOVIMIENTO MILITAR

Decíamos ayer… “Como en el 90, la inmoralidad cubre la vida oficial”.

Y ayer cayó indefendido el gobierno indefendible. El ministro de la Guerra del señor Castillo barrió con el gobierno que vivía al margen de la Constitución. Desde ayer la fuerza reemplaza en el poder al fraude integral.

¡Otra lección que ojalá aprovechen los ciudadanos incrédulos en el poder permanente y ordenador de la ley! Un gobierno desorbitado y jactancioso de su mando olvidó que la humanidad no conoce poderes omnímodos y eternos, ya sea porque la razón imponga, al fin, el correctivo de los abusos, o sea porque la fuerza ponga término a la anarquía y la inmoralidad constituida.

El gobierno del señor Castillo nació de la intriga y el engaño; falto de piedad y de humana presencia explotó la enfermedad del doctor Ortiz, con quien integrara la fórmula solidaria.

Ya en el gobierno conspiró contra el presidente, y de sus actividades dejó rastro en expedientes judiciales. ¿Conspiró para salvar las instituciones? No; sólo se propuso perpetuar el método del Fraude para consolidar al Partido Demócrata Nacional.

Fue a Río de Janeiro con una indigestión de propósitos inconfesables, para volver luego con la decisión firme de burlar la solidaridad con la América Unida en la defensa de la definición de la vida democrática por la cual se lucha contra el nazifascismo. Se burló de América y en retribución los países de América desconfían de la integridad de nuestras convicciones democráticas.

El gobierno del doctor Castillo fue el gobierno de la burla y el sarcasmo. Hizo burlas a la solidaridad continental. Hizo burlas de sus ministros cuando, para disminuirlos, dijo que en el gabinete había por su resolución unanimidad de uno; hizo burlas de los militares y marinos a quienes invitaba a comidas rodeadas de misterio y publicidad para hacer creer que las fuerzas armadas apoyaban su maquiavélica política; hizo burlas del pueblo, del Congreso, de la prensa, con su régimen de estado de sitio, engaño y mentira; hizo burlas de los partidos cuando impuso a los oficialistas obsecuentes los nombres de las personas que integrarían la fórmula presidencial.

Su gestión administrativa se desenvolvió en el fango de la arbitrariedad, el privilegio, la coima y el peculado. Toleró ministros y funcionarios ladrones, y firmó, disciplinadamente, medidas que importaban negociados.

Nada ni nadie le contenía en su insana política de rapacidad y de oligarquía. Eligió su sucesor a pesar del clamor de la opinión pública y de la repugnancia de algunos miembros del partido oficial. La fórmula de los grandes deudores de los bancos oficiales contrastaba con la impunidad oficial. En ristra de abusos y arbitrariedades el candidato presidencialista a presidente, a su vez, nombró al futuro gobernador de Salta, y al futuro senador nacional por esta provincia, y consiguió para su hermano funciones políticas de importancia; y a su vez, el jefe del partido oficial nombró al gobernador de Tucumán y Mendoza.

Hijo de la ambición sensual de una clase ciega y prepotente, la gestión del gobierno derrocado es fruto de la soberbia, de la inconsciente soberbia.

La caída de este gobierno no será lamentada. Nadie lo defendió. Nadie lamentaría su fin.

No hubo, sin embrago, para oponer a tanto mal y tamaño desorden de las alturas, la compensadora actividad, unión y patriotismo de los partidos populares.

Frente a los hechos producidos, surge evidente la significación histórica del programa político aprobado por el Congreso socialista, consistente en lograr la unión de los argentinos en la democracia, sin exclusiones ni torpes limitaciones, y bajo la bandera de una fórmula democrática integrada por figuras respetables y de prestigio nacional.

El error de los ciegos y de los egoístas es un error histórico que alguna vez será necesario puntualizar más expresamente.

Dijimos al comienzo de la gestión en favor de la Unión Democrática: o los argentinos razonablemente buscamos la unión y constituimos la unidad nacional que reclaman los momentos difíciles del presente, o los argentinos sufriremos las consecuencias de la unión que nos impondrá la fuerza.

Dialéctica mentida y pedestre, sofismas, cálculos y maniobras sembraron la confusión en el pueblo. Tanto negar lo que siempre se afirmó, y tanto afirmar lo que se negó de continuo, que ya se perdió el criterio de la verdad y el criterio moral.

¿Y ahora? Ahora tenemos un gobierno militar, preparado exclusivamente por las fuerzas armadas de la Nación.

Al momento de escribir estas líneas no se ha dado a conocer el documento fehaciente que informe al pueblo sobre los propósitos políticos, sociales e internacionales del gobierno. No podemos, pues, pronunciar sobre el particular un juicio responsable. Esperemos.

Nos hacemos eco de las palabras noblemente inspiradas del manifiesto al pueblo y que autorizan a pensar que definen una orientación: “el sistema de la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción”:

—política que ha llevado “al pueblo al escepticismo y la postración moral”;

—“sostenemos nuestras instituciones y nuestras leyes”;

—“anhelamos la unión de los argentinos” y la “restitución de derechos y garantías conculcadas”;

—“hacer efectiva una absoluta, verdadera y leal unión” y “cumplir los pactos y compromisos internacionales”.

Al amparo de tales solemnes declaraciones concebimos cómo la patria podrá recorrer otros caminos que los de la humillación y el deshonor.

No creemos que ningún grupo social puede por sí sólo asegurar los beneficios de la honra y de la seguridad colectivas. La experiencia de la Historia dice que no hay grupos predestinados de salvadores de pueblos, ni siquiera reuniendo, con el criterio más riguroso, a los de más excelsa virtud. La salvación de los pueblos es obra de los pueblos mismos, en acción y reacciones constantes, cumplidas en libertad y para alcanzar, por el único procedimiento efectivo del ensayo y del error, el bien mensurable, que es medida de la capacidad real de los hombres.

La Argentina está, política, económica, social, moral e internacionalmente, estancada.

¿Qué se necesita? Se requiere con urgencia dar libertad a las fuerzas profundas de dinamismo histórico: población, tierra, comercio, educación, política libres. En el curso de las décadas la democracia libre es más fructífera que una docena de virtuosos en acto de sumar sus entusiasmos en un año dado. Repetimos ahora, el pensamiento de Alberdi, que recordáramos hace pocos días. Una cosa es la libertad del gobierno, fórmula de los prepotentes, y otras, el gobierno de la libertad, lema de los estadistas.

Que la inspiración civil de nuestra historia, el mandato de las instituciones constitucionales y el imperativo de respetar la voluntad del pueblo, inspiren inicialmente al gobierno provisional.

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