Historia Obrera y Socialista

Emilio López Arango. Sindicalismo revolucionario (1924)

Artículo publicado en La Organización Obrera, edición extraordinaria n° 3, Buenos Aires, 1924, p. 20.

Lo primero que se nos ocurre es hacer esta pregunta: ¿Qué es el sindicalismo revolucionario ¿Hay, en oposición al sindicalismo federalista, que practica la acción directa y la lucha revolucionaria, un sindicalismo reformista?

Se ha generalizado la palabra sindicalismo en una forma que pareciera significar una teoría social independiente de las ideologías marxista y anarquista. Y se emplea el concepto, haciendo abstracción de las ideas que determinan los diversos aspectos de esa lucha del asalariado, con el propósito de abarcar todo el movimiento social con un solo denominativo. Pero, resulta que el denominativo genérico falla y nos vemos obligados a acoplar al sindicalismo una segunda denominación; lo llamamos reformista o revolucionario.

Hay, a nuestro entender, una lamentable equivocación. El sindicalismo es un medio de lucha, un denominativo específico que no representa en sí valores ideológicos. Y no es por lo mismo, ni reformista ni revolucionario; es la simple expresión de la lucha económica y representa, para las ideas sociales que se manifiestan en su seno y determinan sus orientaciones, lo que el capitalismo es para la ideología burguesa que sirve de base al Estado.

En oposición al sindicalismo de Moscú, que representa de hecho un movimiento político antagónico a la organización económica de los trabajadores—la tentativa de imponer la ideología marxista a los sindicatos para transformarlos en simples engranajes del partido— se ha iniciado en Europa una intensa campaña opositora a la Sindical Roja, que alega como razón esencial la independencia del sindicalismo. Los sindicalistas revolucionarios —mejor dicho, los defensores del sindicalismo latino, tradicionalmente federalista y antipolítico— se opone a toda definición política o ideológica del sindicalismo. Y establecen, por lógica consecuencia, que el sindicalismo es un movimiento aparte, una tendencia social autónoma que se basta a sí misma y tiende a realizar por sus medios propios la total emancipación del proletariado.

Puede ser que, por oposición a la política de los comunistas y como arma defensiva a las maniobras absorcionistas de Moscú, se vean obligados los sindicalistas revolucionarios a defender previamente la independencia del sindicalismo, dejando para más adelante sus claras, precisas y terminantes orientaciones ideológicas, pero en la propaganda de ese sindicalismo neutralista y prescindente —pese al agregado “revolucionario”— existe un peligro tan grande como el que representa hoy la tendencia autoritaria y centralista de Moscú. Un movimiento sindicalista apartado de las corrientes ideológicas que caracterizan al proletariado actual, además de ser imposible, constituiría algo así como el polo negativo de toda actividad revolucionaria, ya que el sindicato estaría en oposición a las ideas de sus componentes y quedaría reducido a un simple elemento de lucha gremial.

El sindicalismo es la antítesis del capitalismo. Como organización de clase el sindicato no puede nunca bastarse a sí mismo, porque la lucha revolucionaria no se dirige únicamente contra los capitalistas, sino también y particularmente contra el Estado, que es la representación de todas las instituciones que sirven para asegurar el poder económico y el domino político de una minoría privilegiada. El proletariado no debe tener únicamente la fuerza: necesita poseer una concepción ideológica que le permita abocarse al fundamental problema de transformar radicalmente las instituciones sociales. ¿Qué harían los sindicatos obreros, en plena revolución y una vez expropiados los capitalistas, para organizar la vida sobre bases nuevas, si sus componentes carecieran de una noción sociológica que les permitiera abarcar el difícil problema de su verdadera y completa emancipación? Tendrían la fuerza de su parte, pero terminarían por emplearla en perjuicio de sus propios intereses, favoreciendo el resurgimiento de una nueva tiranía.

Con librar al movimiento sindicalista de la influencia de Moscú no se soluciona el problema. El sindicalismo debe aceptar una definición política o ideológica. Es más: el sindicalismo no elude, en ningún momento, esas definiciones, porque la neutralidad es siempre un recurso para los que tratan de imponer su jefatura personal a las masas obreras que carecen de una orientación revolucionaria.

Si el sindicalismo quiere librarse de toda influencia reformista, debe aceptar la ideología anarquista. Porque el movimiento sindical está expuesto a la influencia de una u otra fracción doctrinaria y es siempre la imagen y semejanza de las ideas que pretenden eliminar los defensores de la prescindencia. Y una prueba de esto es que, allí donde predomina el elemento socialista y las organizaciones obreras están sometidas a la influencia de los partidos, el sindicalismo pierde su valor como instrumento de acción revolucionaria, pese a su pretendida autonomía como movimiento proletario para la realización de conquistas económicas.

No estamos de acuerdo con ese sindicalismo neutralista, a pesar de que se califique revolucionario. Los anarquistas deben ser fieles a sus principios y consecuentes con sus ideas en todos los terrenos de la actividad revolucionaria. Y en el sindicato, aun a trueque de chocar con los elementos adversos, es necesario defender las ideas libertarias, porque en esa defensa está, para los anarquistas, la razón de ser del sindicalismo.

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