Historia del sindicalismo

Capítulo I del libro Historia del sindicalismo, 1666-1920, Sidney y Beatrice Webb (1920).

Un sindicato es, a nuestro juicio, una asociación permanente de tra­bajadores por cuenta ajena con la finalidad de mantener o mejorar las condiciones de su vida de trabajo[1]. Esta forma de asociación existe en Inglaterra, como tendremos ocasión de ver, desde hace aproximadamen­te dos siglos, y no puede suponerse que surgiera de modo repentino en su forma plenamente desarrollada. Sin embargo, aunque nos ocuparemos brevemente de las instituciones que han sido consideradas con frecuencia como precursoras del sindicalismo, nuestro relato se iniciará a finales del siglo XVII, ya que, con anterioridad a esta época, nos ha sido imposible descubrir en las Islas Británicas nada que pueda encajar en el marco de nuestra definición. Además, aunque se ha señalado la posible existencia de asociaciones análogas durante la Edad Media en diversas partes del continente europeo, no tenemos razón alguna para suponer que tales ins­tituciones hayan ejercido ningún tipo de influencia sobre la aparición y el desarrollo del movimiento sindical en este país. Nos sentimos autori­zados, en consecuencia, a limitar nuestra historia a los sindicatos del Rei­no Unido, algo a lo que en rigor nos veíamos, además, obligados.

De acuerdo con nuestra definición, hemos excluido de nuestra historia cualquier relato de los innumerables ejemplos de los trabajadores manuales que han constituido asociaciones efímeras contra sus superiores sociales. Las huelgas son tan antiguas como la historia misma. Los ingeniosos buscadores de paralelismos históricos podrán, por ejemplo, encontrar en la revuelta (del año 1490 a. de C.) de los ladrilleros judíos de Egipto con­tra la orden que habían recibido de fabricar los ladrillos sin paja, un pre­cedente curioso de la huelga de los tejedores de algodón de Stalybridge (1892 d. de C.) originada porque se les proporcionaban unos materiales defectuosos para su trabajo. Pero nos es imposible considerar seriamen­te, como algo que pueda tener alguna analogía con el movimiento sindi­cal de nuestros días, las innumerables rebeliones de razas oprimidas, las insurrecciones de esclavos o las revueltas de campesinos en una situación de semiservidumbre, de que están llenos los anales de la historia. Todas estas formas de la «guerra del trabajo» caen fuera de nuestro tema, no sólo porque en ningún caso dieron lugar a la formación de asociaciones permanentes, sino también porque los «huelguistas» no trataban de me­jorar las condiciones de un contrato de prestación de servicios libremente aceptado.

Sin embargo cuando pasamos de los anales de la esclavitud o de la servidumbre a los de los ciudadanos formalmente libres de los burgos me­dievales entramos en un terreno que es ya más controvertible. No alber­gamos la pretensión de conocer a fondo la vida urbana inglesa de la Edad Media. Pero está claro que, muchas veces, junto a los maestros artesanos independientes, existían un cierto número de oficiales y trabajadores asa­lariados que, en ocasiones, formaban coaliciones contra los dueños y las autoridades. Parece ser que algunas de estas asociaciones duraron meses, y hasta años. En 1383 el Ayuntamiento de la City de Londres prohibió ya todas «las congregaciones, pactos defensivos y conspiraciones de los trabajadores». En 1387 los obreros al servicio de los fabricantes de cor­dobán de Londres iniciaron una rebelión contra los «veedores del ofi­cio»[2]  y trataron de constituir una hermandad permanente. Nueve años después, los trabajadores guarnicioneros por cuenta ajena, «denomina­dos yeomen», afirmaron que poseían una hermandad [fraternity] propia «desde tiempo inmemorial» que contaba con un consejo y unos regentes elegi­dos. Los maestros declararon, sin embargo, que la asociación sólo existía desde hacía trece años y que su objetivo no era otro que el de subir los salarios[3]. En 1417 se prohibió a los «trabajadores dependientes y oficiales» de la sastrería de Londres  «que tuvieran sus moradas fuera de los maestros, ya que celebraban asambleas y habían formado un cierto tipo de asociación»[4]. Esas hermandades no se limitaban exclusivamente a Londres. En 1538 el Obispo de Ely comunicó a Cromwell que veintiún oficiales zapateros de Wisbech se habían reunido en una colina fuera de los límites de la ciudad, y habían enviado a tres de ellos para solicitar a todos los maestros zapateros que se reunieran con ellos a fin de procurar una elevación de los salarios, formulando esta amenaza: «na­die vendrá a la ciudad a trabajar por estos salarios durante doce meses y un día, y en caso contrario, les cortaremos un brazo o una pierna, a no ser que se avengan a prestar el mismo juramento que hemos reali­zado nosotros[5]

Estos ejemplos están extraídos de una documentación sumamente fragmentaría procedente de los textos impresos hasta ese momento, y hace pensar que un examen más completo de los archivos no publicados podría dar a conocer una serie completa de hermandades de oficiales y permitirnos determinar la constitución precisa de esas asociaciones. No está, por ejemplo, nada claro si los casos citados constituían huelgas contra los maestros o revueltas contra las autoridades de la corporación gre­mial. Nuestra impresión es que en el caso de los zapateros de Wisbech, como probablemente en algunos otros, nos hallamos ante un fenómeno que representa la fase embrionaria de un sindicato. En consecuencia, si suponemos que nuevas investigaciones llegarán a probar que tales asociaciones efímeras de los oficiales contra sus patronos[6] dieron paso efecti­vamente a asociaciones duraderas de carácter similar, nos veríamos obli­gados a iniciar nuestra historia en los siglos XIV y XV. Pero, después de llevar a cabo un examen detallado de todos los ejemplos publicados de hermandades de oficiales en Inglaterra, tenemos la plena convicción de que no hay prueba alguna de la existencia de ningún tipo de asociación estable e independiente de trabajadores asalariados contra sus dueños durante la Edad Media.

Hay algunos otros casos de asociaciones durante los siglos XV y XVI, que en ocasiones se han considerado como integradas exclusivamente por oficiales[7], y que mantuvieron una existencia ininterrumpida. Pero en todos esos casos, al menos en la medida en que nos ha sido dado investigarlos, esas «Bachelors’ Companies»[8], que supuestamente constituían una hermandad de oficiales, no eran más que una agrupación subordina­da dentro del gremio, regida por los jefes de este último. Y es obvio que unas asociaciones en que los patronos proporcionaban los fondos y nom­braban a los jefes no pueden tener analogía alguna con los sindicatos modernos. Además, esas organizaciones de «yeomen» o «Bachelors’ Com­panies» no parecen haberse prolongado mucho más allá del siglo XVI.

La explicación de ese tardío desarrollo de asociaciones estables e independientes entre los oficiales asalariados se encuentra, a nuestro juicio, en las perspectivas de promoción económica que poseía todavía el artesano especializado. No queremos ni mucho menos sugerir la existen­cia de una Edad de Oro en la que cada trabajador especializado fuera su propio empresario y en la que se desconociera el sistema salarial. Los do­cumentos más antiguos de la historia de las ciudades inglesas señalan la presencia de oficiales asalariados, que no siempre se mostraban satisfe­chos de sus remuneraciones. Pero en los oficios especializados, el oficial que había realizado su aprendizaje pertenecía, hasta tiempos relativa­mente recientes, al mismo nivel social que su patrón, y de hecho solía ser, en general, el hijo de un maestro del mismo gremio o de otros similares.

Durante la época en que casi toda la industria permaneció práctica­mente en manos de pequeños maestros, cada uno de los cuales empleaba a uno o dos oficiales, el tiempo de prestación de servicios por cuenta aje­na de cualquier artesano asalariado de carácter emprendedor no solía pa­sar de unos pocos años, y el aprendiz industrioso podía esperar, razona­blemente, si no siempre, casarse con la hija del dueño o, en cualquier caso, establecerse por su cuenta. En esas condiciones, cualquier incipien­te organización estable se habría visto condenada a perder a sus miem­bros más antiguos y capacitados y habría quedado confinada necesaria­mente, como el Gremio de los Oficiales de San Jorge en Coventry, a los «jóvenes»[9], o, como la efímera hermandad de los oficiales de sastrería, a «una existencia corta e inestable a la vez»[10], entre cuyos inexperimentados integrantes hubiera sido muy difícil reclutar un puñado de buenos jefes corporativos. En consecuencia, podemos comprender muy bien que, aunque la opresión industrial sea patrimonio de todas las épocas, sólo cuando los grandes cambios industriales redujeron a un porcentaje infi­nitesimal las perspectivas de un oficial de convertirse en patrón, empezó a advertirse la transformación de esas efímeras agrupaciones en socieda­des obreras permanentes. Esta opinión queda corroborada por la obser­vación de casos análogos en el Lancashire de hoy. Los anudadores[11], asis­tentes de las mule-jennies son empleados y pagados por los operarios del algodón para los que trabajan. El «anudador principal» es, con frecuen­cia, un trabajador adulto que está casi tan especializado como el propio hilador, del cual recibe, sin embargo, una remuneración que es muy in­ferior a la suya. Pero mientras que los obreros algodoneros han desarro­llado una notable aptitud para el sindicalismo, los intentos para constituir una organización independiente entre los anudadores han fracasado invariablemente. El anudador diligente y capaz está siempre a la espera de convertirse en un hilador, y se muestra, pues, más interesado en la re­ducción que en la subida de los salarios de su propia actividad. Los diri­gentes de cualquier movimiento incipiente entre los anudadores han ter­minado siempre por abandonar su tarea al convertirse en empresarios de la propia clase de trabajadores que les había promovido. Pero aunque los anudadores del Lancashire hayan fracasado siempre en su intento de for­mar un sindicato independiente, no carecen de asociaciones propias en cuya constitución se pueden encontrar elementos que recuerdan la relación entre el gremio de maestros artesanos y la «Bachelor’s Company» u otras asociaciones subordinadas, en las que posiblemente se agruparon los oficiales. Los hiladores, en electo, han organizado, en defensa de sus propios intereses, asociaciones de anudadores. Estas asociaciones, la pertenencia a las cuales suele ser obligatoria, forman una parte subordinada del sindicato de hiladores, y son los administradores de este último los que establecen y recaudan las cotizaciones, redactan los reglamentos, dis­ponen de los fondos y se ocupan de todos los asuntos administrativos sin consultar para nada a los anudadores mismos. No es difícil comprender que los maestros artesanos que constituían el órgano de gobierno del gre­mio medieval encontraran conveniente, por razones similares a las que acabamos de ver, organizar a los oficiales y a otros miembros inferiores del oficio en una agrupación subordinada, en la que eran ellos los que es­tablecían las cargas económicas trimestrales, nombraban a los «vigilan­tes» y a sus sustitutos, administraban los fondos y controlaban por com­pleto sus asuntos, sin conceder a los oficiales la menor participación en las deliberaciones[12].

Si hacen falta más pruebas para demostrar que era la perspectiva de una promoción económica la que obstaculizaba la formación de asocia­ciones permanentes entre los oficiales asalariados en la Edad Media, po­dríamos aducir el hecho de que algunas categorías de obreros manuales especializados, que no tenían posibilidad alguna de llegar a convertirse en patronos, parecen haber tenido éxito en el establecimiento de coali­ciones de larga duración, que posteriormente tuvieron que ser abolidas legalmente. Los mamposteros, por ejemplo, contaron durante mucho tiempo con sus «congregaciones y confederaciones anuales formadas en la asamblea de sus capítulos generales», que fueron expresamente prohi­bidas por una ley parlamentaria en 1425[13]. Por su parte, los soladores de Worcester recibieron en 1467 una orden del Ayuntamiento de «no ce­lebrar parlamentos entre ellos»[14].

En realidad, parece probable que los mamposteros, que se desplazaban por todo el país de un puesto de trabajo a otro, estuvieran unificados, no en un gremio local, sino en una hermandad de ámbito nacional. Esta aso­ciación puede presentar algunos puntos de contacto, como probablemen­te pondrán de relieve futuras investigaciones, con la actual Sociedad de Socorros Mutuos de los Obreros Mamposteros [Friendly Society of Operative Stonemasons], establecida en 1832. Pero a diferencia de los obreros de los modernos oficios de la construcción, los de la Edad Media estaban al servicio, no de un maestro entrepreneur, sino del propio cliente, que le proporcionaba los materiales, supervisaba los trabajos y contrataba a los menestrales especializados, junto a sus peones y aprendices, estableciendo las tarifas salariales dia­rias[15]. En contraste con los artesanos de las ciudades, los albañiles, so­ladores, etc., se mantenían desde la finalización de su aprendizaje hasta el final de su vida laboral en una posición económica prácticamente idén­tica, una posición que parece haber ocupado un lugar intermedio entre la del maestro artesano y la del oficial de otras profesiones. Como los car­pinteros de obra de las aldeas rurales de hoy, que cobran según el traba­jo realizado, eran productores independientes que controlaban todos los procesos de su propio oficio y trataban directamente con el cliente. Pero a diferencia del maestro artesano típico de los oficios de la artesanía ma­nual, no vendían otra cosa que trabajo, sólo su propio trabajo, según las tarifas reguladas por la costumbre, y no buscaban, pues, directamente la consecución de beneficios, ni por la venta de los materiales ni por los sa­larios pagados a los trabajadores subordinados[16]. La estabilidad de sus asociaciones no se encontraba, pues, dificultada por esas influencias, que, como hemos puesto de manifiesto, resultaron fatales en Inglaterra para los intentos similares de los oficiales artesanos que trabajaban de acuer­do con un régimen salarial.

Pero si el ejemplo de los oficios de la construcción en la Edad Media apoya nuestra hipótesis sobre la causa del tardío crecimiento de las aso­ciaciones entre los oficiales en otros gremios, las «congregaciones y con­federaciones anuales» de los albañiles pueden también solicitar nuestra atención como ejemplos de sindicalismo temprano. Sobre la constitución, funciones y desarrollo de estas asociaciones medievales en los oficios de la construcción no sabemos desgraciadamente casi nada[17]. Pero llama la atención el hecho de que, al menos según lo que ha llegado a nuestro conocimiento, no existen huellas de su existencia en Gran Bretaña con posterioridad al siglo XV. Durante el siglo XVIII no hay, como tendremos ocasión de ver, ningún vacío de  información sobre las agrupaciones de trabajadores en casi ningún otro oficio especializado. Los empresarios parecen haber acudido incansablemente al Parlamento para lamentarse de las faltas de sus trabajadores. Pero de las asociaciones de obreros de la  construcción apenas hemos encontrado más que algunas huellas, justo a finales de este siglo. Si en consecuencia, ateniéndonos estrictamente a la letra de nuestra definición, aceptáramos a la confederación de mamposteros como un sindicato, nos veríamos obligados a considerar los oficios de la construcción como el único caso de una industria que tuvo un período de sindicalismo en el siglo XV, que tuvo que mantenerse después, durante varios siglos, en una posición condicionada por la imposibilidad del sindicalismo, y que, por último, volvió a cambiar al surgir una nueva situación que había hecho posible el florecimiento del sindicalismo. Nuestra propia impresión es, sin embargo, que esas «congregaciones y confederaciones» de trabajadores de la construcción deben ser consideradas más como un gremio de maestros artesanos, en estado embrionario, que como un sindicato. Nos parece que hay una sutil distinción entre la posición económica de los trabajadores que prestan directamente sus servicios a un cliente individual, y aquellos otros que, como el sindicalista tí­pico de nuestros días, están al servicio directo de un empresario que se interpone entre ellos y los clientes reales, y que arrienda sus servicios para obtener de él un beneficio que le permita obtener un interés por su capital y una «remuneración por su gestión». Suponemos que, con el cre­ciente perfeccionamiento de la arquitectura doméstica, los artesanos de mayor categoría tendieron cada vez más a convertirse en empresarios, y que las organizaciones de esos artesanos se fueron desplazando insensi­blemente hacia el modelo ordinario de un gremio de maestros[18]. Bajo un sistema industrial de este índole, los oficiales tenían unas perspectivas de promoción económica similares a las que obstaculizaban el crecimiento de asociaciones estables en la mayoría de los oficios de artesanía manual, y en este hecho reside la explicación de la llamativa ausencia de testimonios sobre cualquier forma de sindicalismo en los oficios de la construcción hasta muy entrado el siglo XVIII[19]. Sin embargo, cuando el constructor o el contratista capitalistas empezaron a desplazar a los maestros albañiles, los maestros yeseros, etc., y esta clase de pequeños entrepre­neurs volvió una vez más a dejar paso a una jerarquía de trabajadores asalariados, los sindicatos, en el sentido moderno, empezaron, como vere­mos, a surgir. «De la misma forma que durante el siglo XVI asistimos a la lucha de los pequeños maestros para adaptar y actualizar las tradiciones de las corporaciones de oficios en decadencia, a finales del siglo XVII (en algunos oficios, y a finales del XVIII en otros) contemplamos el es­fuerzo de los oficiales por conseguir un nuevo status sobre las ruinas de los pequeños maestros[20]

Nos hemos detenido con cierta amplitud en estas efímeras asociacio­nes de asalariados y de hermandades de oficiales de la Edad Media, por­que podría pretenderse, plausiblemente, que fueron en algún sentido las predecesoras del sindicato. Pero, por extraño que pueda parecer, casi nunca se ha buscado en esas instituciones el origen del sindicalismo. Los investigadores han rastreado los antecedentes del sindicato moderno, no en las asociaciones medievales de asalariados, sino en las de sus empresarios, es decir en los gremios artesanos[21]. La semejanza externa entre el sindicato y el gremio de artesanos ha concentrado durante mucho tiempo la atención, tanto de los amigos como de los enemigos del sindicalis­mo; pero fue la publicación en 1870 del brillante estudio del profesor Brentanno, «El origen de los sindicatos», lo que dio cuerpo a la idea popular[22]. Sin pretender que pueda establecerse ninguna conexión entre el gremio medieval y el sindicato moderno, el Dr. Brentanno consideraba, sin embargo, que el segundo era el sucesor del primero y que ambas instituciones habían surgido «entre las ruinas de un sistema antiguo y entre trabajadores que habían sufrido las consecuencias de esa desorganización, con el objeto de mantener la independencia y el orden»[23]. Y cuando George Howell encabezó su historia del sindicalismo con una amplia glosa del estudio del Dr. Brentanno sobre los gremios, empezó a aceptarse de manera general que el sindicato había tenido su origen, de una forma que no podía definirse con precisión, en el gremio de artesanos[24]. Nos vemos obligados, pues, a realizar una digresión para examinar las relacio­nes existentes entre el gremio medieval y el sindicato moderno. Si se pu­diera demostrar que los sindicatos han sido, en alguna manera, los des­cendientes de los viejos gremios, nos veríamos obligados, en consecuen­cia, a describir los orígenes de estos últimos.

El presunto origen de los sindicatos de este país en los gremios me­dievales carece, al menos según lo que nos ha sido dado descubrir, de cual­quier tipo de prueba. Las evidencias históricas abonan más bien la opi­nión contraria. En Londres, por ejemplo, hay más de un sindicato que ha mantenido una existencia ininterrumpida desde el siglo XVIII. Los gre­mios artesanos siguen existiendo en las cofradías de la City, y en ningún punto de su historia encontramos la menor evidencia de que se desgaja­ran de ellos asociaciones independientes de oficiales. En el siglo XVIII los oficiales de Londres habían perdido en casi todos los casos cualquier par­ticipación que hubieran podido poseer anteriormente en las cofradías, que a su vez habían dejado de tener en su mayoría cualquier conexión con los oficios de los que tomaron su denominación[25]. En ocasiones, se ha señalado que el desarrollo de las cofradías de Londres es un hecho ex­cepcional, y que en las ciudades en que los gremios conocieron una his­toria más normal pueden haber sido el origen de las asociaciones obreras modernas. Por lo que se refiere a Gran Bretaña, nos hemos asegurado de que esta hipótesis no tiene mayor fundamento que la otra. Ni en Bristol ni en Preston, ni tampoco en Newcastle o Glasgow, nos ha sido dado encontrar la menor conexión entre unos gremios que se iban extinguien­do lentamente y los incipientes sindicatos, En Sheffield, J. M. Ludlow, basándose en un estudio de Frank Hill, declaró[26] expresamente que era posible probar la filiación directa entre ambas entidades. La laboriosa investigación sobre la naturaleza de la todavía floreciente Cofradía de Cuchilleros demuestra que esta asociación, integrada exclusivamente por maestros, no ha originado o engendrado ninguno de los numerosos sin­dicatos que se encuentran en esta ciudad. Queda el caso de Dublín, don­de algunos de los sindicatos más antiguos se consideran los herederos de los gremios. Pero también en esta ocasión, la investigación ha revelado no sólo la ausencia de cualquier filiación o descendencia directa, sino tam­bién la imposibilidad de que exista una conexión orgánica entre los gre­mios, exclusivamente protestantes, que no fueron abolidos hasta 1842, y los sindicatos, predominantemente católicos, que alcanzaron el punto más alto de su influencia muchos años antes[27]. Podemos, pues, afirmar, con bastante confianza, que no hay ningún caso en que un sindicato del Rei­no Unido haya surgido, directa o indirectamente, de un gremio de artesanos.

En ocasiones se da por supuesto que el sindicato, cualesquiera que ha­yan podido ser sus orígenes, representa a los mismos elementos, y de­sempeña el mismo papel en el sistema industrial del siglo XIX, que el gre­mio artesanal en la Edad Media. Un breve análisis de nuestros conoci­mientos actuales sobre los gremios será suficiente para demostrar que esas organizaciones fueron, incluso en su momento de mayor pureza, algo esencialmente diferente, tanto en su estructura como en sus funciones, del sindicato moderno.

Para los propósitos de esta comparación no nos es necesario exami­nar las teorías contrapuestas de los historiadores sobre el origen y la na­turaleza de los gremios de artesanos. Por una parte, coincidimos con el Dr. Brentanno[28] en sostener que los artesanos libres se asociaron para frenar el deterioro de sus condiciones de trabajo y la disminución de sus remuneraciones, y para protegerse contra «el abuso de poder por parte de los señores de las ciudades, que trataban de reducir a los hombres li­bres a la dependencia propia de los no libres». Por otra parte, creemos, como el Dr. Cunningham[29], que los gremios de artesanos «surgieron, no a partir de la oposición a las autoridades existentes, sino como institucio­nes nuevas a las que las autoridades municipales o el gremio de comerciantes local delegaban una parte de su autoridad», como una especie de «sistema de policía» por medio del cual la comunidad controlaba los asun­tos locales en interés del consumidor. Es posible, también, aceptar la po­sición intermedia propuesta por Sir William Ashley[30], la de que los gre­mios eran corporaciones de artesanos con un sistema de gobierno propio, con capacidad de iniciativa para establecer los estatutos de sus propios ofi­cios, si bien los magistrados o el Ayuntamiento disponían de una autori­dad efectiva, aunque un tanto vaga, para sancionar esas disposiciones u oponerlas un veto. Cada una de esas tres concepciones puede ser abona­da por numerosos ejemplos, si bien el determinar cuál de ellas represen­ta la norma y cuál la excepción supondría un conocimiento estadístico de los gremios de artesanos para el que no se dispone todavía de material suficiente. Es evidente que si la teoría del Dr. Cunningham sobre los gre­mios de artesanos es la correcta, no puede haber similitud alguna entre esas entidades semimunicipales y los sindicatos actuales. El Dr. Brentan­no, sin embargo, ha aportado pruebas abundantes, en algunos casos por lo menos, de que los gremios no actuaron con ningún propósito de pro­teger al consumidor, sino, como los sindicatos, para velar por los intere­ses de sus miembros, es decir, los de una clase especial de productores. Aceptando por el momento la tesis de que el gremio de artesanos, como el sindicato o la asociación de empresarios, pertenecía al género de las «asociaciones de productores» vamos a examinar brevemente hasta qué punto los gremios eran similares a las asociaciones de trabajadores modernas.

La figura central de la organización gremial, en todos los casos, y en todos los períodos de su desarrollo, ha sido el maestro artesano, que era el propietario de los medios de producción y el que vendía el producto. Pueden existir opiniones divergentes sobre la posición del oficial en el gre­mio o sobre el predominio del trabajo subordinado o cuasi servil fuera de él. También pueden existir puntos de vista muy diferentes sobre la rea­lidad de su papel como protectores del consumidor, que constituye el ob­jetivo declarado de muchas ordenanzas gremiales. Pero a lo largo de toda la historia gremial, el maestro artesano, que controlaba todos los proce­sos productivos y vendía los productos del trabajo de su pequeño industrial, era el administrador real y el que ejercía la influencia domi­nante en el interior del sistema gremial[31]. En resumen, el miembro típico del gremio no era solo, ni siquiera fundamentalmente, el trabajador manual. Desde el principio la figura central del gremio fue la persona que aportaba no solo lodo el capital necesario para su industria, sino también el conocimiento de los mercados, tanto desde el punto de vista del producto como del de las materias primas, y la dirección y el control que cons­tituyen las funciones específicas del entrepreneur. Las funciones económicas y la autoridad política del gremio se apoyaban, pues, no en la presunta inclusión en su seno de todo el conjunto de trabajadores manuales, sino en la presencia de los verdaderos dirigentes industriales de la época. En el sindicato moderno, por el contrario, no encontramos una asociación de entrepreneurs que controlen por sí mismos los procesos de su industria y se ocupen de la venta de los productos, sino una asociación de trabajadores asalariados que prestan sus servicios bajo la dirección de capitanes industriales que son ajenos a la organización. La separación en clases sociales diferentes, el capitalista y el trabajador intelectual, por una parte, y los trabajadores manuales, por otra (de hecho, pues, la sustitución de un criterio horizontal de división de la sociedad por un criterio vertical vicia cualquier consideración del sindicato como algo análogo al gremio de artesanos).

Por otra parte, considerar el gremio de artesanos típico como un pre­cedente de la asociación de empresarios moderna, como una organiza­ción de capitalistas, sería, a nuestro juicio, un error tan grave como creer, a la manera de George Howell, que fue el «prototipo temprano» del sin­dicato. El mismo Dr. Bretanno pone el énfasis en el hecho, destacado también posteriormente de manera prominente por el Dr. Cunningham, de que el gremio de artesanos era considerado como representante de los intereses, no de una única clase social, sino de los tres elementos distin­tos, y en algunos aspectos antagónicos, de la sociedad moderna: el entrepreneur capitalista, el trabajador manual y el consumidor en general. No nos es preciso examinar ahora hasta dónde llegaba la falta de confianza existente en la Edad Media en la competencia a cualquier precio como garantía de la pureza y de la buena calidad de los productos. Tampoco vamos a ocuparnos de la presunta identidad de intereses entre todas las clases de la comunidad. A los gobernantes, no menos que al público en general, les parecía indiscutible que los maestros artesanos más importantes de la ciudad debían tener el poder y el deber de velar porque tan­to a ellos como a sus competidores les resultara imposible rebajar la ca­lidad de la producción. «La razón fundamental para asociar a los oficios artesanales y a las ocupaciones manuales —afirma en su petición la Co­fradía de Carpinteros de obra en 1681— en cofradías diferentes tenía como finalidad el que todas las personas dedicadas a esos oficios fueran colocadas bajo un gobierno uniforme y fueran tuteladas y reguladas por regidores [governors] expertos y capacitados, quedando sometidas a ciertos regla­mentos y ordenanzas establecidos para ese propósito[32].» Los miembros más importantes de los gremios se convirtieron, en efecto, en oficiales de los municipios, a los que correspondía la protección del público frente al fraude y la adulteración. En consecuencia, si recordamos que el gremio de artesanos era considerado como el representante, no sólo de las dis­tintas categorías de productores en una industria determinada, sino tam­bién de los consumidores del producto y, en último término, de la comu­nidad en general, resulta muy clara la imposibilidad de encontrar en la sociedad moderna cualquier heredero único de esas múltiples funciones. De hecho, los poderes y las atribuciones del gremio medieval han sido desguazados y se han dispersado. Las sociedades de socorros mutuos (Friendly Societies) y los sindicatos, las organizaciones capitalistas y las asociaciones de empresarios, los inspectores de fábricas y los oficiales de las Leyes de Pobres, los vigilantes escolares y los funcionarios municipales encargados de impedir la adulteración y de velar por la corrección de los pesos y medidas…, todas esas personas e instituciones podrían, con igual justicia, ser consideradas como las sucesoras de los gremios de artesanos[33].

Existe, pues, una diferencia esencial en la composición de esas dos organizaciones, pero se puede explicar bastante fácilmente la teoría popular sobre su parecido entre ellas. En primer lugar, existen las pintorescas similitudes descubiertas por el Dr. Brentanno: las normas reguladoras de la admisión, las cajas con tres cerraduras, las comidas en común, los tí­tulos de los administradores, etc. Pero, en realidad, algunas de esas características se encuentran en todo tipo de sociedades en Inglaterra. Las organizaciones sindicales las comparten con las sociedades de socorros mutuos locales, o con los clubs de asistencia a los enfermos, que han existido en toda Inglaterra durante los últimos dos siglos. Tanto si esas características proceden originariamente de los gremios como si no, es prácticamente seguro que los primeros sindicatos las tomaron, en la gran mayoría de los casos, no de las tradiciones de una organización del siglo XV, sino de cualquiera de las sociedades benéficas de su propio tiempo. En algunos casos la paternidad de esas formas y ceremonias puede asociarse, con no menos justicia que a los gremios artesanales, a los ritos esotéricos de los francmasones. Los fantásticos rituales propios del sindicalismo del periodo 1829-1834, que describiremos en los capítulos siguientes, proce­dían, como veremos, de las ceremonias de la sociedad de socorros mu­tuos de los Oddfellows[34]. Pero sabemos que éstas parecen ser una copia burda del ritual masónico. En nuestra propia época, los «Free Colliers of Scotland» [Mineros (del carbón) libres de Escocia], un intento temprano de sindicato minero nacional, estaban organizados en «logias» bajo la dirección de un «gran maestro», con gran parte de la terminología y algunas de las formas características de la franc­masonería. Nadie afirma, sin embargo, que exista un parecido esencial en­tre el club de asistencia a los enfermos de una pequeña localidad y una asociación obrera, y todavía menos entre la francmasonería y el sindica­lismo. La única característica común a todas ellas es el espíritu de aso­ciación, revestido de formas pintorescas más o menos similares.

Pero otras de las semejanzas entre el gremio y el sindicato señaladas por el Dr. Brentanno son más dignas de consideración. El propósito fun­damental del sindicato es la protección del nivel de vida, es decir, la re­sistencia organizada a cualquier innovación que pueda tender a la degra­dación de los asalariados como clase. La necesidad de alguna organiza­ción social para la protección del nivel de vida era un principio conductor del gremio de artesanos, como lo era, en realidad, de todo el orden me­dieval. «Nuestros antepasados —escribe el Emperador Segismundo en 1434— no han sido unos insensatos. Han dividido los oficios con el si­guiente propósito: que todos puedan ganarse el pan de cada día y que na­die se mezcle en el oficio de otro. De esa manera el mundo se libra de su miseria y cada cual puede encontrar de qué vivir[35].» Pero en este aspecto el sindicato, más que parecerse propiamente al gremio de artesa­nos, coincide con uno de los principios aceptados en un tiempo por la so­ciedad medieval, de la que la política del gremio no era más que una ma­nifestación. No deseamos, en este resumen histórico del movimiento me­dieval, entrar en la compleja controversia sobre la validez política de la teoría medieval del mantenimiento obligatorio de los niveles de vida, ni de procedimientos modernos análogos, como la negociación colectiva, por una parte, o la legislación de fábricas, por otra. Tampoco deseamos dar a entender que la teoría medieval fuera llevada a la práctica en todo mo­mento de una forma tan efectiva y sincera que asegurara realmente a to­dos los trabajadores manuales una existencia holgada. Lo que nos preo­cupa exclusivamente es el hecho histórico de que, como podremos ver posteriormente, los artesanos de los siglos XVII y XVIII trataron de per­petuar las regulaciones legales o consuetudinarias de su oficio que, a su entender, protegían sus propios intereses. Cuando esas regulaciones ca­yeron en desuso los trabajadores se asociaron para restaurarlas. Cuando se les negó el apoyo legal, los obreros, en muchos casos, tomaron el asun­to en sus propias manos y trataron de mantener, mediante regulaciones sindicales, lo que en otro tiempo había estado garantizado por la ley. En este aspecto, y prácticamente solo en este aspecto, es donde podemos encontrar alguna huella del gremio en el sindicato.

[1] En la primera edición decíamos «de su empleo». Eso originó una serie de críticas por­que parecería dar a entender que los sindicatos han aceptado siempre como un hecho irre­versible la existencia a perpetuidad del sistema capitalista o salarial. No pretendíamos, des­de luego, dar lugar a ese tipo de interpretación. En diversos momentos los sindicatos, par­ticularmente durante el siglo XIX, han mostrado frecuentemente sus aspiraciones a un cam­bio revolucionario en las relaciones económicas y sociales.

[2] Véase Riley, Memorials of London and London Life in the Thirteenth, Fourteenth, and Fifteenth Centuries, 1888, p. 495 (citadas parcialmente en Trade Unions, de William Trant, 1884).

[3] Ibíd., pp. 542-543

[4] Ibíd., p. 609; véase también Clode, Early History of the Merchant Taylors’ Company, vol. I, p. 63.

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