Manifiesto de la A.I.T.

Esta versión en castellano fue publicada en el periódico madrileño La Federación N° 14, del 31 de octubre de 1869.

Se refiere a este documento como «el notable Manifiesto a la clase obrera de Europa, que leyó el célebre socialista Carlos Marx…» en la reunión celebrada en el San Martin’s Hall. Sabemos que en realidad fue redactado por Marx a fines de octubre.

Al final del documento agregaba La Federación: «Tal es el manifiesto del ciudadano Marx. Puede muy bien decirse que es el primer síntoma de la vida de la Asociación Internacional; la cual, tanto ha sido el progreso que ha efectuado, que hasta de una manera más cosmopolita y más radical que Marx piensa hoy la grande Asociación Internacional de los trabajadores, como podrá verse con artículos que sucesivamente iremos publicando sobre su marcha, y por los acuerdos tomados en los Congresos, tanto en el de Basilea que publicamos en su sección correspondiente como en los otros que también publicaremos. En cinco años que cuenta la Asociación Internacional ha alcanzado admirables resultados, que solamente los obreros en el mundo podían efectuar, esto es: el de solidarizarse y unirse todos para trabajar con eficacia a la obtención del triunfo de la Igualdad y de la Justicia.»

Obreros:

Es un hecho que la miseria de las clases obreras no ha disminuido durante el período de 1818-1861; y sin embargo este período no tiene ejemplo en los anales de la historia, por el progreso de la industria y del comercio.

En 1850 uno de los órganos más autorizados de la clase media inglesa profetizó: «Si la exportación y la importación de Inglaterra crece de un 50 por 100, el pauperismo inglés baja a cero.»

Pues bien; el día 7 de abril de 1864 el ministro de Hacienda, Gladstone, ha sorprendido agradablemente a su audiencia parlamentaria haciendo constar que el total de la importación y exportación de la Gran Bretaña en 1863 ascendía a 443.955.000 libras esterlinas; «total maravilloso, casi tres veces mayor que el de la época de 1843 (1).» Sin embargo, fue elocuente al hablar sobre la pobreza. «Pensad, exclamó, en los que están en la sima de la miseria; en los salarios no aumentados; y en que de cada diez hombres nueve mantienen una lucha terrible contra la miseria.» No habló del pueblo obrero de Irlanda más y más reemplazado en el Norte por la maquinaria y por los pastos de carneros en el Sur; aunque en este desgraciado país hasta los carneros disminuyen en número, si bien no mueren en tanta proporción como los hombres.

No repitió tampoco Gladstone lo que se había declarado en el Parlamento cuando fue leído el voluminoso Libro azul de 1863, demostrando con números y hechos oficiales que la hez del crimen, los condenados a trabajos forzados en Inglaterra y Escocia trabajan menos y están mejor alimentados que los obreros agrícolas. Además, cuando la guerra civil de América arrojó fuera de las fábricas a los obreros de Lancashire y Cheshire, la misma cámara de los lores envió en estos distritos manufactureros un médico encargado de averiguar qué mínima suma de carbono y azoe, administrados en la forma más ordinaria y más barata, bastase por término medio exactamente para impedir que el hambre causase enfermedades.

El doctor Smith, médico nombrado, descubrió que una porción semanal de 28.000 granos de carbono y 1330 granos de azoe mantendría a un adulto de mediana corpulencia precisamente sobre el nivel de las enfermedades causadas por el hambre, y que esta pequeña dosis es precisamente la que había encontrado el doctor en la escasa alimentación de los obreros algodoneros sin trabajo y reducidos a la extrema miseria.

Mas esto no es todo. El mismo sabio doctor más tarde fue de nuevo encargado, por el empleado medical del Consejo secreto, de averiguar el estado de alimentación de la parte más pobre de la clase obrera. Los resultados de sus estudios están en la «Sexta relación sobre el estado de la sanidad pública» dada a la luz en el trascurso del presente año por orden del Parlamento.—¿Qué halló el doctor ? —Halló que los tejedores de seda, las costureras, los guanteros, los medieros y otros trabajadores, por término medio anual, no obtienen siquiera aquella ración indispensable de los algodoneros sin trabajo; esto es: esa suma de carbono y azoe que «precisamente basta para impedir que el hambre cause enfermedades.» He aquí, además, lo que dice la relación oficial: «Respecto al examen hecho a las familias agrícolas, resulta que más de la quinta parte consume menos del calculado mínimum de alimento carbonado; que más de la tercera parte, consume menos del mínimum también calculado de alimentos azoados; y que en la alimentación local media de los tres condados de Berkshire, Oxfordhsire y Somersetshire hay una proporción insuficiente de alimentos azoados.»

Se debe considerar, añade la relación oficial, que la falta de nutrimiento es lo que se soporta menos sufridamente; y que antes de una grande escasez de alimentos regularmente hay privaciones de todo género, pues hasta el aseo es en tal caso dispendioso y difícil, y cuando por estima propia se quiere conservarlo, cada tentativa de estas representa un tormento adicional de hambre. Lo que se gasta en aseo, se quita de comida. Estas son reflexiones dolorosas, tanto más, cuando se reflexiona que la pobreza de que hablamos, no es la pobreza merecida de la holgazanería; es en todos los casos la pobreza de la población obrera. Y aun el trabajo mismo con que ganan los obreros esa miserable porción de alimentos, es prolongado excesivamente. La relación revela el hecho extraño, y por cierto inesperado, de que las cuatro partes del Reino Unido; Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda; la población agrícola de Inglaterra, la parte más rica, es la más miserable, y que, empero, los pobres jornaleros agrícolas de Berkshire, Oxfordshire y Somersetshire están mejor alimentados que un gran número de los más diestros oficiales de Londres.

Estos son datos oficiales publicados por orden del Parlamento en el año 1864 que mientras el reino milenario del comercio libre, en tiempo que el ministro de Estado participa a la cámara de los Comunes que por término medio la situación del obrero inglés se ha mejorado en una proporción extraordinaria y no tiene ejemplo en la historia de todos los países y de todas las épocas. De una manera disonante, con estas congratulaciones, habla con seca palabra la relación oficial de Sanidad, diciendo:

El estado sanitario de un país significa el estado sanitario de las masas; y ¿cómo pueden estar sanas las masas si ni medianamente están alimentadas?

Deslumbrado por la estadística de los progresos de la riqueza nacional, que brilla ante sus ojos, el ministro exclama entusiasmado: «Desde 1842 hasta 1852 la riqueza imponible del Estado ha crecido de 6 por ciento. En los ocho años contenidos de 1852 a 1864 ha crecido 50 por ciento. El resultado es admirable hasta el límite de lo increíble. Este incremento fabuloso de riqueza y de poder está completamente limitado en las clases acomodadas.»

Si queréis saber bajo qué condiciones de sanidad quebrantada, de moral perdida y de ruina intelectual fue producido y se produce todavía por las clases obreras este incremento fabuloso de riqueza y poder, completamente limitada en las clases acomodadas, mirad la descripción de los talleres de impresores, sastres y costureras en la última «Relación de 1863 sobre el estado de sanidad pública.» Comparad la «Relación de 1863 sobre la ocupación de niños», donde se lee entre otras cosas: «Los alfareros como clase, hombres y mujeres, representan una población física e intelectualmente degenerada. Los niños enfermizos serán hombres enfermizos también; y la degeneración progresiva de la raza es inevitable; mas esta degeneración de la población de las comarcas donde está más extendida la industria alfarera, es lenta porque vienen de las comarcas vecinas hombres sanos, y porque los de esta comarca se casan con mujeres de otros lugares.» El estado sanitario de los obreros de Lancashire, según el libro azul, se mejoró en consecuencia de su exclusión temporal de las fábricas por falta de algodón, aunque en este tiempo su alimentación bastaba apenas para impedir las enfermedades causadas por el hambre; y que durante el paro la mortandad de sus hijos disminuyó porque sus madres tenían tiempo de darles de mamar en lugar del opio que les habían dado antes.

Insistimos en estos hechos extraordinarios, porque Inglaterra es la reina de la industria y del comercio en Europa, que la representa efectivamente en el mercado universal.

Hace pocos meses, uno de los hijos de Luis Felipe, desterrado en Inglaterra, felicitó en público a los obreros agrícolas ingleses, diciéndoles que su posición era preferible a la de sus compañeros de Francia; y en verdad que los vejámenes de la clase obrera de Inglaterra se reproducen en todos los países más avanzados y más industriales del continente: en todos hay desde 1848 un desarrollo inmenso en la industria y un incremento hasta increíble de la exportación y de la importación; en todos hay un fabuloso aumento de riqueza y de poder… y en todos (este aumento ) está por completo limitado a las clases acomodadas. Por do quiera las masas de la clase obrera están más y más sumidas en la miseria, en la misma proporción que las clases superiores suben en prosperidad; y así en todos los países de Europa, ya es una verdad demostrada para cada hombre despreocupado, y negada solamente por los defensores de este paraíso de locos, de que: «Ni el desarrollo de la maquinaria, ni los descubrimientos químicos, ni la aplicación de la ciencia a la producción, ni el aumento y mejora de los medios de comunicación, ni la emigración a nuevas colonias, ni la abertura de mercados, ni el libre-cambio, ni todas estas cosas juntas, no pueden librar de la miseria a las clases trabajadoras; sino al contrario, en la organización social de hoy, cada nuevo desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tiende fatalmente a aumentar la diferencia de clases, la desigualdad.»

Durante esta grande época de progreso económico, el morir se de hambre subió casi al rango de institución en la capital de la Gran Bretaña.—En los anales del mercado universal esta misma época está caracterizada por la mayor frecuencia, el más grande desarrollo, y por la acción más funesta de esta peste social que se llama crisis industrial y comercial.

Después de la derrota de la revolución de 1848, todos los periódicos obreros fueron suprimidos por la férrea mano del poder; los obreros más ilustres emigraron desesperados a los Estados Unidos; y el breve sueño de la emancipación se fue ante una época febril de marasmo moral y de reacción política.

Las derrotas sufridas por los obreros del continente no tardaron en llevar sus tristes efectos a los obreros de Inglaterra. Todos los ensayos para sostener el movimiento fracasaron completamente: todos los órganos de la clase obrera murieron por la apatía de las masas; y en efecto, los obreros ingleses parecían satisfechos de su aniquilada posición. Y sin embargo, el período de 1848 hasta 1864 no careció de importancia. Aquí mencionaremos solamente dos grandes acontecimientos.

Después de una lucha de treinta años hecha con perseverancia admirable, la clase obrera inglesa, aprovechándose de una discordia momentánea entre los capitalistas y los propietarios, logró que el Parlamento decretase que el trabajo diario no podía exceder de 10 horas. Las grandes ventajas físicas, morales e intelectuales que los obreros de fábrica alcanzaron con esta medida son reconocidas por todos los partidos. La mayor parte de los gobiernos continentales adoptaron la ley inglesa sobre las fábricas en una forma más o menos modificada, y en la misma Inglaterra su esfera de acción es extendida cada año por el Parlamento. La ley de las 10 horas no fue solamente una grande adquisición práctica, sino también la victoria de un principio. Por primera vez la economía política de la clase media sucumbió públicamente a la economía política de la clase obrera.

Una victoria más grande de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital, no tardó en efectuarse. Me refiero al movimiento cooperativo.

Es imposible apreciar con exactitud el valor de estos grandes experimentos sociales que, con hechos, no con argumentos, probaron que la producción en grande escala y en conformidad con el progreso de la ciencia moderna, puede operarse sin la existencia de una clase de amos que emplean otra clase de obreros; que para llevar frutos, el trabajo no tiene que ser monopolizado ni tomado como medio de dominación ni explotación en detrimento de los obreros mismos, el salariado, así como la esclavitud y la servidumbre, siendo una forma social transitoria destinada a desaparecer ante el trabajo asociado, el cual cumple su tarea de buena voluntad con ánimo vigoroso y con corazón alegre.

En Inglaterra Roberto Owen hizo la propaganda del sistema cooperativo; los experimentos hechos por los obreros del continente fueron en efecto el primer resultado prácticos de las teorías que no fueron inventadas sino altamente proclamadas en 1848.

Sin embargo, la experiencia del período de 1848 hasta 1864, ha demostrado indubitablemente lo que habían dicho los jefes más caracterizados de la clase obrera en los años 1851 y 52 respecto al movimiento cooperativo de Inglaterra, a saber: «Que el trabajo cooperativo por más que sea excelente en principio, y útil en la práctica, sin embargo, es incapaz de impedir el incremento del monopolio, de emancipar a las clases obreras y hasta de aliviar de una manera evidente la gravedad de su miseria, cuando este trabajo cooperativo está limitado en el estrecho círculo de unas cuantas tentativas de un corto número de obreros.» Quizá esta es la razón por la cual unos lores populares y algunos charlatanes políticos y economistas encomian ahora este mismo sistema cooperativo que antes querían ahogar en su germen y escarnecían como la utopía de un soñador y condenaban como la herejía del socialismo.—Para emancipar a las clases obreras, el sistema cooperativo necesita desarrollarse por medio de la protección del Estado, si bien que todos los propietarios y capitalistas siempre se nos mostrarán contrarios de semejante protección. Conquistar el poder político, el Estado, es lo que deben hacer los obreros, los cuales parece que han comprendido este deber; pues que en Inglaterra, en Francia, en Alemania y en Italia, se observa un movimiento que tiende a la organización del partido obrero.

Este partido ya posee un elemento de éxito, que es el número; pero los números no tienen fuerza ninguna sino van combinados y dirigidos conscientemente. La experiencia de lo pasado ha hecho ver que el menosprecio del vínculo de fraternidad que debería ligar a los obreros de los diferentes países y animarlos a estar unidos en todas las luchas para la emancipación, se castiga siempre por el fracaso común de sus incoherentes tentativas.

Fue esta conciencia la que instigó a los obreros de diferentes países reunidos, el 28 de setiembre de 1864 en el meeting público de San Martin’s Hall a fundar la Asociación Internacional.

Otra convicción animó a este meeting. Si la emancipación de los trabajadores exige la cooperación de las diferentes naciones, ¿cómo es posible alcanzar este grande objeto con una política criminal, que fomenta las preocupaciones nacionales, que consume el bienestar y la sangre del pueblo en desastrosas guerras? No fue la sabiduría de las clases dominadoras, la que preservó el Occidente de Europa de efectuar una cruzada trasatlántica para la eternización y el progreso de la esclavitud en los Estados Unidos, sino la resistencia heroica de la clase obrera inglesa.

El insultante aplauso, la fingida simpatía o la idiótica indiferencia con que las clases superiores de Europa miraron el asesinato de la heroica Polonia, y las conquistas de las montañas del Cáucaso por la Rusia, han enseñado a las clases obreras el deber de enterarse de los secretos de la política internacional, y vigilar los actos diplomáticos de sus gobiernos para contrariarlos si fuese preciso, para hacer salir como leyes supremas del gobierno de las naciones, del derecho que deberían reglamentar las relaciones de los individuos.

El combate a semejante política extranjera, forma parte de la lucha universal que debemos sostener para alcanzar la emancipación de la clase obrera.

Proletarios de todos los países ¡Asociaos!»

(1) Vean nuestros lectores cuán equivocado fue lo que dijo el periódico de la clase media, pues desde 1850 a 1863 creció la importación y exportación del doble; esto es, de un ciento por ciento.—También creció la miseria de un ciento por ciento.

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